Yo regresaba de viaje de la chacra de mi abuelo, me detenía en la tierra de mis padres a almorzar algo, a tomar algunas fotos, a caminar un poco, luego de haber conducido por algunas pocas horas, un poco menos emocionado cada vez de estar en la tierra de mis padres y ella fallecía, luego de haber tenido una batalla de años contra el cáncer y, luego, de haber padecido más dolores en esta vida, a los que ya había estado acostumbrada, aunque en esos años yo fui muy feliz y muy triste también, pero por otros asuntos menos importantes que la salud, asuntos relacionados al amor.
Y, lo peor, es que ya no nos hablábamos, yo enojado porque ella no se esforzaba en devolverme unos cuadernos que le había prestado y ella enojada porque a mí me interesaban más mi cuadernos de poemas que nuestra amistad. Me gustaría creer que pensó en mí amablemente al final, que en algún momento de su lucha, haya dejado de estar enojada conmigo. No hay nada más doloroso que las cosas que quedan pendientes y no pueden resolverse ya nunca.
Pasaron unos días más después de su cumpleaños, cuando quizás perdió la fuerza que siempre había tenido para vivir mucho más tiempo del que alguna vez le dijeron. Quizás cada vez se hacían más escasas las victorias y el cumplir un año más en este mundo, al que ella veía de una manera más optimista que yo, la hizo sentirse más tranquila y aceptar su destino.
Hoy, casi 05 meses después de aquel final que no hubiese querido que se diese nunca, hoy que recién me entero, hubiese preferido mil veces que siguiera enojada conmigo por aún más decenas de años, mirar sus fotos pensando en que no le importaron mis aspiraciones y manías, forjando cada año más mi rencor mientras la veía feliz sin mí, recuperada, curada de todo mal, teniendo al único hijo que podía tener, siendo feliz con su esposo y su familia, sonriendo con esa mágica sonrisa por la cual la conocí hace un poco más de diez años, aquella vez en que busqué alguna señal de la vida y la vida me mostró su sonrisa.
Cuánto cambian las cosas en diez años. Ya tuve novias y hasta esposa y ex-esposa; la chica que nunca me hizo caso, terminó rompiéndome el corazón tan profundamente y zurrándose de la promesa de matrimonio en secreto que nos hicimos; a la chica que conocí poco después y por quien dejé de hablarle, ya tampoco le hablo porque siento que me tiene un rencor muy grande dentro sin motivo aparente, y la relación que tuvimos nunca significó nada para ella. La vez que nos volvimos a encontrar en su tierra y yo tenía el corazón roto (otra vez por mi prometida secreta), se me dio por soñar con ella, por añorar un futuro entre nosotros, cuidándola, dándole todo lo que podía, disfrutando cada día de sus grandes ojos, de su hermosa sonrisa, de su carácter alegre, pero, lamentablemente para mí, lo nuestro jamás pudo ser algo sólido. Las chicas que conocí después de ella, el daño que hice, que creo que ya pagué con mis sumas y restas a todo el daño que me hicieron. La última vez que le escribí, contándole que iba a casarme, ignorándola un poco (yo siempre me mantenía enojado), pretendiendo que mi felicidad sería mayor que la suya (fui tan ingenuo).
Donde quiera que estés y sé que puedes ver muchas cosas más de las que nosotros vemos, espero que leas, al menos esto último que voy a escribir, y no queden relegadas entre otras tantas cosas aún más importantes, las palabras de un amigo ingrato (como me solías decir): te deseo todo lo mejor porque tu aura es muy bella y estoy seguro de que la muerte no es el fin; y te envío hasta donde estés, un millón de fuertes abrazos de este gafo que ni siquiera pudo estar en tu funeral.
Hasta siempre, Dianita.
06/01/25
No hay comentarios:
Publicar un comentario